Acabo de leer con gran interés la conferencia de Emilia Ferreiro “Leer y escribir en un mundo cambiante”, de fácil acceso en internet. En ella, la investigadora afirma: “Hay niños que ingresan a la lengua escrita a través de la magia (una magia cognitivamente desafiante) y niños que entran a la lengua escrita a través de un entrenamiento consistente en “habilidades básicas”. En general, los primeros se convierten en lectores; los otros, en iletrados o analfabetos funcionales”.
Entrar a la lengua escrita a partir de una mera técnica de transcripción es un camino fácil hacia la aversión por la lectura, una lectura vivida como un acto mecanicista y obligatorio. En esto me considero con suerte. Yo conté en mi infancia con un apasionado lector, mi padre, que me introdujo en el mundo de las letras con la cadencia de su voz suave y amorosa, inoculándome apenas sin darme cuenta el saludable virus de la lectura. Me leía generalmente por las noches, sobre todo poesía. Su favorito era Antonio Machado. Recuerdo haber experimentado en casa la presencia de Machado como algo prodigioso. Los primeros días que mi padre se hizo eco de la voz del poeta lo viví como un intrusismo inquietante, pero muy pronto le hice un pequeño hueco en mí a aquel hombre sencillo que me hablaba de la vida con gran sabiduría. Es curioso. Siempre que leo a Machado recuerdo a mi padre. Mi padre se sirvió de él para expresar sus propios sentimientos, se identificaba con la melancólica nostalgia del poeta, y sus versos le servían para sacudirse la tristeza de dentro. Quizá sea cierto, como decía Neruda, que “ La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita”. Mi padre necesitaba la poesía de Machado. Y yo necesitaba que mi padre me leyera a Machado, por el cual sentía verdadera pasión, para empezar a apreciar la magia de la poesía. Sin saberlo, aquel hombre sencillo que era mi padre sabía de pedagogía. Recordemos que Emilia Ferreiro se dirige a los maestros de este modo: “¿Usted no sabe qué hacer el primer día? Lea en voz alta”.
Ferreiro sienta las bases para que los niños no pierdan el tren de la lectura. Sin embargo, ¿qué se puede hacer con un adolescente iletrado o analfabeto funcional que no ha sentido jamás la magia de la que habla Ferreiro? Al hacer esta pregunta, pienso en muchos de nuestros alumnos de Secundaria, que perdieron el tren de la lectura en la infancia pero que todavía pueden coger otro de características similares y disfrutar de un hermoso paisaje nuevo a través de sus ventanas. El filósofo José Antonio Marina, con optimismo encomiable, dedica un capítulo de su libro La magia de leer a los profesores de Secundaria, recordándoles que disponen de un valioso recurso para utilizar en el aula. El mismo por el que apuesta Ferreiro, la lectura del profesor en voz alta. Y lo expresa con palabras de Pennac: “¿Y si en lugar de exigir la lectura, el profesor decidiera de repente compartir su propia dicha de leer?” Marina lo ve como una solución lógica: si los alumnos no quieren leer, que los profesores lean para ellos.
Y yo me pregunto: ¿Leerles qué exactamente? ¿Nos hacemos eco de sus preferencias literarias después de consultárselas? ¿Apelamos a la improvisación? ¿Indagamos en sus problemáticas adolescentes y nos arriesgamos a tocarles la fibra sensible con libros poco ambiciosos formalmente pero atractivos por su temática? ¿Intentamos recordar qué libros nos hicieron amar la lectura y la literatura? (Os recuerdo que esta pregunta es una de las que Carles Melero, uno de los compañeros del curso, nos hizo a todos los del grupo.)
Si como profesores tenemos que leer a nuestros alumnos con pasión, ese impulso poderoso que no se puede fingir y que suele dejar una huella imborrable (recordemos la pasión literaria con la que Xavier Fontich nos leía los textos que había elegido para la clases), no podemos dejar de lado la pregunta de Melero: “¿Qué libros nos hicieron amar la lectura y la literatura”, es decir, ¿qué libros leeríamos con pasión en voz alta? Recuerdo que en mi niñez me fascinaba la poesía. No sabía contar versos ni conocía los tipos de estrofas, pero me dejaba llevar por el ritmo, por aquella musiquilla que mi padre le ponía a aquellos versos. Recuerdo divertirme memorizando poemas, pero no por obligación, sino por placer. Mi padre me enseñó el juego de aislar del poema algunas palabras y repetirlas en voz alta una y otra vez. Unas veces se gastaban, pero otras sufrían transformaciones increíbles. Así fue cómo empecé a amar la poesía.
De mi infancia, recuerdo la poesía. De mi adolescencia, recuerdo sobre todo las novelas de aventuras. El filósofo Fernando Savater, gran apasionado de este género, en el prólogo que le dedica a su libro La novela de aventuras, hace referencia al poder de esta literatura para devolvernos al territorio de la infancia. Puede que desde ese territorio fascinante salgan algunos trenes de gran velocidad hacia la pasión literaria. Los profesores sabemos, porque ellos lo manifiestan de forma abierta, que incluso algunas veces nos parece ofensiva, que nuestros alumnos se aburren en clase cuando les ofrecemos caminos demasiado trillados para evitar sufrir cualquier tipo de desorden en el aula, el desorden de lo nuevo que muchos tanto tememos. Sabemos que en cuanto a gustos literarios se refiere, los lectores adolescentes suelen huir de las largas descripciones, de un exceso de pensamiento introspectivo, de las virguerías literarias en general. En las novelas de aventuras, como dice Savater, “no es el cómo sino el qué hacer lo que importa”. Demos a nuestros alumnos una buena dosis de acción. Si los psicólogos recomiendan el ejercicio físico a los adolescentes desbordados por una energía incombustible, quizá vivir intensamente las novelas de aventuras también les sirva como terapia para liberar esa energía con la que no saben muy bien qué hacer. Para Savater el género de la novela de aventuras es un antídoto contra el aburrimiento: “Nadie se aburre en un naufragio ni defendiendo su vida contra el asalto de tres enemigos bien armados, pero darle vueltas en el magín a nuestra incapacidad de ser plenamente buenos o malos puede desembocar muy bien en cierto hastío, mientras que los intrincados quidproquo de la relación amorosa acaban con frecuencia en el bostezo o el dolor de cabeza…” ¿Por qué no reservar un tiempo en nuestras aulas para la diversión o simplemente para el no aburrimiento que pueden proporcionarnos las novelas de aventuras.
Creo que dedicaré algunos días de mis vacaciones a volver a dejarme apasionar por las intensas vivencias de los protagonistas de los clásicos de aventuras. Elegiré algún capítulo de alguna de ellas para leerlo con pasión y en voz alta a mis futuros alumnos de Secundaria (por lo menos haré el intento). ¿Empiezo por Walter Scott, Julio Verne, Jack London, Mark Twain, Emilio Salgari, Rudyard Kipling, o quizá Robert Louis Stevenson? La cuestión es comenzar. Espero que la magia de la lectura me acompañe.
Saludos a todos y hasta pronto,
Mar M.